22 de febrero de 2010

Sobre la Representación

Cuenta la anécdota que el tiempo ha transformado en leyenda, que la Ekklesia de Atenas, apesadumbrada por las amenazas de las otras ciudades-estado de la península del Peloponeso, se unía en un clamor que sonaba como eco hasta los cimientos de sus edificios. “¿Quién hablará por Atenas? ¿Quién hablará por la ciudad?” Las grandes figuras políticas se ocultaban en pretextos, otros en su culpable ausencia, los más en su cobardía entrenada para la intriga, pero no para presentar la frente en la justa lid. ¿Quién hablará por Atenas?” “Yo, yo hablaré por Atenás”. La voz del joven Demóstenes silenció el coro histérico de los atenienses, la fuerza de un espíritu que superó sus deficiencias físicas y que con el alarido de su alma acallaba los rugidos del mar griego presentaba la única alternativa de defensa de la Patria. Su actitud, su preparación, su inquebrantable deseo de conjugar en su voz los anhelos del pueblo, y no el voto de la asamblea corrompida y atemorizada, lo convirtió en el embajador, en el Representante de Atenas.

Los varones que se reunían en la Asamblea decían representar al pueblo ateniense, sin embargo sus intereses particulares y de grupo se anteponían en la toma de decisiones. Se agrupaban y escuchaban mediocres oradores hasta el aburrimiento, discutían acaloradamente los derroteros de su Estado, pero más bien fingían con mayor exageración que los actores de la comedia de moda. Decidían de antemano, ocultos en la oscuridad de la noche y el secreto, negociaban y acordaban defraudando a todos, incluso a si mismo. Hablaban del gobierno del pueblo y se esforzaban por mantener la aristocracia. Embriagados y enloquecidos los sorprendió la crisis y no supieron enfrentarla. Por ello el embajador de Atenas fue el joven obrero que no podía pagar clases formales para prepararse y sus mentores fueron el viento, el mar y el sol de su Patria, su maestra más elevado la realidad simple y descarnada.

La realidad simple y descarnada, el viento, el sol y los litorales de nuestra Patria nos enseñan que poco ha cambiado desde aquella democracia griega a nuestros días. La representación la llevan aquellos que protegen intereses y grupos que no se identifican con las necesidades de la generalidad. Son pocos los que verdaderamente han levantado la voz para decir sinceramente “Yo, yo hablaré por Atenas” y conducirse congruentemente por esa vereda. La representación moderna, ideada por las necesidades revolucionarias de la Francia luminosa del siglo XVIII, se ha ido desvirtuando tan sutilmente que parece normal su descomposición. El Tercer Estado, encontró representación en Dantón, Marat, Mirambeau e incluso en el terror vengativo de Robespierre, sin embargo parece que hoy sólo los estamentos dominantes tienen representación.

En este sentido podemos pensar que la representación, debe de corresponder a una decisión de la población que no se restrinja a un limitado número de planteamientos que por su ambigüedad responden indistintamente a las condiciones sociales y políticas que se van presentando. De tal suerte que un partido político puede plantear su posición en el sentido que electoralmente le sea preferible y no responde concretamente a la ideología. No existe identidad entre el representado y el representante, ni confianza del exacto cumplimiento de su encargo.

La representación no sólo debe de ser un ingrediente legal de la democracía, sino que debe de partir desde la misma base de la identidad entre el representante y su representado. Veamos el ejemplo sublime de Bolivia, nación conformada en su inmensa mayoría por población perteneciente a los pueblos originarios y previos a la llegada de los españoles, que hasta hoy se haya fielmente representada por su Presidente Evo Morales Ayma, con la dignidad enorme que le granjea los más elevados reconocimientos en las naciones del orbe, como portavoz eficaz de su raza, heredero digno de aquel Quintín Quevedo, emisario boliviano, primero en el mundo en reconocer a Juárez como legítimo gobernante de México, luego de la derrota de Maximiliano.

¿Cómo han de ser entonces nuestros representantes, los que ocupen los elevados cargos del servicio público? Hombres y mujeres dignos que surjan de las bases sociales. Obreros, indígenas, campesinos, maestros, estudiantes, orfebres, etcétera que conozcan los problemas y determinen con precisión sus soluciones. Somos ahora el nuevo Tercer Estado y la pregunta permanece en el aire ¿Quién hablará por México?

Sobre la Constitución del Estado

El Estado no es una formación arbitraria y aislada, no puede serlo pues eso lo condenaría a una vigencia fugaz. La finalidad de su creación es tan grande que necesita de la continuidad eterna del tiempo para consumarla. Si el objetivo del Estado es proveer los medios para procurar la felicidad de sus integrantes, entonces exige la eternidad como medida. Sin embargo el Estado no ha existido siempre, es una creación del genio humano. Si hiciéramos un ejercicio mental a fin de remontarse a la prehistoria podríamos imaginar al cavernario salvaje y sin idioma, representación paradigmática del hombre de tiempos antiguos, defendiendo su territorio, como lo hace cualquier otro mamifero de la actualidad, por un deseo de superviviencia que lo arrollaba así mismo. Sin embargo, la misma investigación histórica asegura que los hombres antiguos eran más bien nómadas, recorrían las grandes rutas de migración de las manadas que cazaban como alimento, de sur a norte y de norte a sur con cada cambio de estación. Sería entonces la agricultura la que le permitiría asentarse, pero aun eso no explica del todo la aparición del Estado.

Consideremos entonces la siguiente propuesta: El Estado surge al parejo de dos eventos, el aumento de la población y la aparición de las concepciones mágicas y religiosas. La primera requirió una organización más compleja dentro de los grupos humanos y la segunda permitió la aparición de estamentos religiosos o sacerdotales que estaban investidos de la sabiduría para conducir la nueva organización. Lo anterior sustentando la idea de que el Estado, como un sentimiento de pertenencia más allá del sanguíneo es por fuerza una idea mágica, casi mística de un Poder Superior integrado por todos los que lo formamos.

Los Estados actuales se generan y permanecen a partir de ideas. Nuestro país se constituye, se forma a partir de las ideas desarrolladas por las castas criolla y mestiza de separación respecto de la Corona Española. No era un deseo únicamente político, sino también económico y si se me permite espiritual. Las masas enardecidas que arrasaban pueblos bajo el mando del cura excomulgado Miguel Hidalgo, se aglomeraron alredor de un deseo de identidad, los líderes hablaban de una nueva nación, con nuevas reglas y la igualdad entres sus miembros. Se hacía hincapié en el vínculo que fundía y funde a los indígenas con la tierra de sus ancenstros. Se abolío la esclavitud cumpliendo el anhelo que nunca viera del negro Yanga.
E N C O N S T R U C C I Ó N . . .