Por inusitada, resultó sorpresiva
la renuncia de Benedicto XVI a su cargo. Sin un antecedente cercano en el
tiempo, la renuncia de un líder máximo de la jerarquía católica genera
expectación, por la necesidad de que ahora el colegio de Cardenales a un nuevo
líder del Estado Vaticano. Su dimisión fue causada por su avanzada edad, falta
de fuerza y el desgaste en su salud, sin embargo los mexicanos, entregados al
eufemismo y a la apariencia esperamos descubrir otras razones, al menos
justificadas en las pugnas que se viven al interior de la jerarquía religiosa,
en lucha constante por los espacios que significan influencia, poder y desde
luego alguna riqueza, pero que por cierto logran resolver con una civilidad
envidiable para otras organizaciones e instituciones humanas. Es tal su
disciplina y calidad organizativa que se asegura que en marzo, antes de las
celebraciones de semana santa ya estará al frente un nuevo Papa.
Aunque de espalda a la feligresía
Los Cardenales, con diferencias por su origen nacional, idiomático, de orden
eclesiástica e incluso por postura política llegarán a un acuerdo, rodeados del
misterio del rito y el secreto, hasta llegar al “humo blanco” símbolo del éxito
de su reunión y decidirán quién de entre ellos ocupará la vacante.
¡Vaya lección a considerar por
parte de nuestros legisladores! Sobre todo ahora que tienen que ocuparse en la
designación del Consejero que sustituya el espacio que deja el eminente
político y jurista Sergio García Ramírez dentro del Instituto Federal Electoral
(IFE); lo que probablemente les cueste mucho más trabajo que si fueran
Cardenales y tuvieran que elegir nuevo Pontífice.
En Roma ya tienen fecha, el
Conclave será entre el quince y veinte de marzo, a pesar de lo sorpresivo.
Cuando menos muy sorpresivo para quienes no están involucrados en los corrillos
del Vaticano. Mientras tanto para completar el Consejo General del IFE no hay
fecha aún, y esto pesar de que, ahora se sabe, Don Sergio García Ramírez
aseguró desde el primer momento que sólo ocuparía el cargo de forma temporal y
a fin de tener el cuerpo electoral completo, mientras se desarrolló el proceso
electivo para renovar a los encargados del poder Ejecutivo y Legislativo de la
Federación y durante el cual, el Partido Revolucionario Institucional regresó a
la Presidencia.
Desde luego que no esperamos que
nuestros legisladores sean tan rápidos como los clérigos, la razón es que ellos
trabajan en una democracia, o cuando menos en una pretendida democracia y no en
una organización vertical que permite decisiones expeditas. La democracia exige
reflexión, diálogo y debate, y eso lleva su tiempo y justifica cierta tardanza,
siempre y cuando ese tiempo gastado y que no vuelve ni se detiene (a pesar del
milagroso reloj legislativo que ha realizado proezas) redunde en tener al final
la mejor decisión y la máxima calidad posible en la producción legislativa.
Pues no es posible que tuviera que esperar el país más de un año, a que
resultara algún avance en la elaboración de la nueva Ley de Amparo, cuando por
mandato del artículo constitucional transitorio correspondiente el Congreso de
la Unión debería haber elaborado esa ley dentro del término de 120 días desde
la publicación de la reforma constitucional que exige su reglamentación.
Si la Democracia y las prácticas democráticas
son la razón o el pretexto para no tener el trabajo a tiempo, quizá sea una
razón cierta y un pretexto válido, siempre y cuando el resultado sea el idóneo,
de lo contrario le ocurrirá a la democracia, o a la pretendida democracia, lo
que le sucede a la justicia que cuando tarda en llegar pierde su naturaleza, se
vuelve burla y por lo tanto injusticia.
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