SUBSISTEMA ELECTORAL Y DE PARTÍDOS POLÍTICOS.
Desde la aparición de fenómenos democráticos, en donde las decisiones se consideraban, discutían y aprobaban en asambleas y no sólo por la voluntad única de un monarca o dictador, se hicieron presentes la agrupaciones políticas y los sistemas de elección de entre varias opciones. Las facciones se agruparon al principio de forma pasajera, alrededor de un liderazgo carismático o con amplio reconocimiento militar o religioso, se han denominaron protopartidos y sólo obtiene la permanencia y trascendencia posterior a la de sus fundadores a partir de que el elemento que los une deja de ser el interés particular y se convierte en el interés de consolidar en la realidad políticas e ideas de poder que se distinguen una de otras.
El pasado prehispánico de mesoamérica careció de estas agrupaciones sólo en apariencia, pues en realidad quienes conformaban los grupos políticos se podían encontrar detrás de los diferentes cultos a unos y otros dioses. Tenemos por ejemplo que la leyenda de la salida de Quetzalcoatl de tula puede interpretarse como una lucha entre los grupos sacerdotales de aquella ciudad. Los sacerdotes dedicados al culto de
Ahora, las facciones políticas parecen no ocultarse detrás de deidades ni de cultos idolátricos, que además de fuentes de poder eran propiciatorio de pingues ganancias, sin embargo quizá no se hayan alejado mucho de los dioses que exigen sangre del pueblo en los holocaustos inútiles, ni de dogmas cuyo justificación se encuentra en motivos inconfesables. Ahora los partidos políticos se establecen alrededor de ideas que aseguran defender, enarboladas o representadas por líderes que en ocasiones los medios masivos de comunicación convierten en ídolos de jade y gel.
Tenemos partidos políticos que se escudan en la protección al medio ambiente y han sabido hacer de la partidocracia mexicana un negocia redituable, del que participan no sólo sus fundadores, sino los parientes y trabajadores de los emporios televisivos; hay otros que existen sobre la base que otorga el sindicato de trabajadores dedicados a la educación, en donde además de mentores honorables, también figuran gran cantidad de “mapaches” y maestros de la marrullería electoral que rinden sus servicios al que mayor porción de poder ofrezca entregarles, sin importar colores o ideologías; algunos más que por sus ideas con fuerte influencia conservadora se denominan de derecha y se sustentan en valores enseñados por el credo religiosos más influyente del país; desde luego que no faltan los que se han llamado de izquierda, fragmentados en multitud de partidos, que a su vez están divididos en su interior entre los que propugnan por la socialdemocracia, el marxismo de ayer y siempre, e incluso la teología de la liberación; finalmente podemos hablar del partido hegemónico, no sólo por que controla la mayor cantidad de espacios de poder político disponibles en el país, sino también por que la influencia de sus prácticas ha resultado del agrado del resto de las organizaciones políticas, las que sin empacho las utilizan, lo que hace que con diferentes colores, al final del día parezca seguir dominando un mismo pensamiento político, dictatorial y centralista, conservador y pragmático, paternalista y clientelar.
Es de comprender que entre más opciones existen es más complicado elegir una, cuanto más si las opciones no satisfacen los deseos políticos de representatividad de la población, lo que no se soluciona con mayor número de partidos, sino con una cantidad reducida de ellos pero con un sustento ideológico que no se transforme con avidez pragmática, respondiendo sólo a los interés mezquinos de quienes se mueven dentro de ellos.
Para colmo, son los partidos los que eligen a los candidatos y de aquellos depende la calidad moral de quienes aparecerán en las boletas electorales, lo que resulta aun más desagradable para el electorado, que no repara sino en descubrir los mismo rostros incluso sólo con camisetas diferentes, cuando llegar a cambiar algo y al final sólo queda la pesadumbre de repetir “tan malo el giro como el colorado”. La solución: ciudadanía al extremo en los partidos y en los procesos electorales. Se ha avanzado con la creación del Instituto Federal Electoral, pero resulta increíble que tratemos de evitar los cargos como funcionarios de casilla dejando el lugar a los vívales electoreros. El abstencionismo no me resulta tan grave, como la apatía de integrarse a las agrupaciones políticas y a los partidos de preferencia, pues ello desplazaría alas clientelas y con ello a los liderazgos falaces que responden a intereses concretos y nunca generales.
Regresemos a la historia y observemos que la transformación política que se generó por la revolución mexicana se fraguó en los clubes liberales y en la formación de partidos políticos independientes, formados en su mayoría por ciudadanos y algunos políticos de profesión. La independencia respecto de España se formuló dentro de las tertulias literarias en donde no sólo fluían los vinos europeos y californianos, sino la discusión acalorada y constante de las ideas de la ilustración. Tomemos ejemplos y formemos células ciudadanas, que además de participar dentro de los partidos políticos, también discutan y formule opiniones políticas, generando educación política que nos fortaleza delante del abanico de opciones y mejor aun que nos permitan crear, desde el interior mismo del monstruo, las opciones por las que habremos de inclinarnos.
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